Madre de hijas

16937899019_0db3ce7236_nSi tuviese hijos les criaría en libertad. Les enseñaría a disfrutar de la vida a tope, a hacer lo que les gusta, a intentar conseguir lo que quieren.

Les enseñaría a ser respetuosos con todos y con todo.

Les enseñaría que su libertad tiene unos límites y estos están en la libertad de los demás.

Les enseñaría que siempre hay que respetar a los otros, sus cuerpos y sus deseos y que ese respeto no significa hacer todo lo que les pidan, sino no hacer lo que no quieren o lo que no está bien.

Les enseñaría que la gente cambia de opinión, que a veces les llevan por un camino que les hace pensar una cosa y, de repente, todo cambia y ya no es lo que pensaban y que, aunque no lo entiendan, deberán respetarlo.

Les criaría en la igualdad: les hablaría de la individualidad de cada ser, del respeto a todos sin importar nada todo lo que los diferencia de nosotros.

Les enseñaría a amar, a entregarse al ser amado sin trabas, sin frenos, a beberse y empaparse de todas las sensaciones que acompañan al amor, el desamor incluido…

Les enseñaría que con los demás pueden llegar lejos, tan lejos como los involucrados quieran llegar y que deben respetar siempre a quienes no quieran continuar, dejarles marchar y buscar a otros con quienes seguir, o seguir solos, aunque fastidie, aunque piensen que estarían mejor con los que se han retirado…

Si tuviese hijos, insistiría en todas estas cosas, y me sentiría feliz y segura año tras año, con la certeza de que mis hijos serían personas respetuosas con ellos mismos, con los demás y con lo demás.

Pero tengo hijas, y no todo cambia, pero una parte importante sí. Una parte vital que no depende de ellas, ni de mí; pero es lo que más me duele, lo único que me duele, de ser madre de hijas: ciertos hombres, muchos, que no han sido educados en estos valores y que, sin duda y muy a mi pesar se cruzarán en sus vidas.

Esos que abusarán de ellas, que les harán gestos obscenos y les dirán guarradas porque sí, esos que le tocarán sus preciosos cuerpos sin pedir permiso, sin razón, solo porque les da la gana, porque creen que pueden hacerlo porque nadie les enseñó a respetar.

Recuerdo perfectamente cuándo fue la primera vez que yo sufrí esto; era una niña. Tendría siete u ocho años, estaba en el pueblo y uno de los niños con los que estábamos jugando dijo “a que le toco el chocho a esa” y lo hizo y esa era yo. Y no me defendí y me quedé parada y sin entender; porque no lo entendía. Estábamos todos pasándolo bien, jugando, corriendo unos detrás de otros y de repente yo ya no quería jugar, no quería estar con ellos, ni siquiera conmigo. Todo porque un hijo de “malos padres” decidió que eso era lo más divertido que podía hacer en ese momento y desde ahí… suma y sigue: manos en tetas, culo, entrepierna, gestos obscenos desde coches y andamios, el cerdo que nos hacía, a mis dos amigas y a mí, cambiar de acera todas las mañanas durante años, los exhibicionistas… y nunca para, o aún no ha parado y tengo 38 años…

Además, muchos, la mayoría, desde un lugar inaccesible para mí, para poder huir, para no dar lugar a réplica o entre una multitud donde no tienes ni idea de a quién pertenece esa mano. Donde no puedes decir nada y donde el cerdo te está viendo: tu cara y tu reacción porque él sabe quién eres tú y tú no tienes ni idea de quién es él.

Soy madre de hijas, y sé que pasarán por esto, en varias ocasiones, y eso me duele infinito, porque no te acostumbras, porque te sientes violada cada vez que sucede y esa desazón te dura días, toda la vida. Creo que os podría contar con pelos y señales cada una de esas veces porque no se te olvidan, se te quedan ahí metidas, bien dentro, manchas imborrables con las que aprendes a vivir, porque no te queda otra.

Mis hijas aún son pequeñas, pero su aprendizaje ha empezado hace tiempo: les enseñamos que su cuerpo es suyo y que solo ellas deciden lo que en ellos sucede, al igual que no pueden hacer nada en el cuerpo de los demás si su dueño no les da permiso para hacerlo.

Les enseñamos que los secretos que se guardan son los que les hacen sentir bien, que hay secretos malos y sucios, y si les hacen sentir mal, o no les gustan esos secretos, deberán contárselos a mamá o a papá y más adelante les enseñaremos cosas más crudas y que hay chicos, muchos, cuyos padres no les han enseñado estas cosas y cómo lidiar con ellos.

Tendremos que enseñarlas a defenderse, a tener cuidado, a seguir su instinto, a salir corriendo antes de que sea tarde, apuntarlas a karate o a judo; solo por ser mujeres, solo porque hay hombres que van a abusar de ellas, en varias ocasiones, a lo largo de su vida, porque sí…

Y después de esto esperemos que, con esta educación, todo quede ahí y que lo máximo que sufran sea algo de lo que he mencionado, porque al final, si dan con un energúmeno de estos en un festival, en un descampado, en una calle oscura… solo contará la educación que haya recibido él.

Hay que joderse.

Por favor, ayudad a nuestras hijas: compartid y que llegue a muchos padres y madres de hijos. Gracias.

 

photo credit: <a href=”http://www.flickr.com/photos/11946169@N00/16937899019″>Mommying</a> via <a href=”http://photopin.com”>photopin</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by/2.0/”>(license)</a>

Author: tucomadre

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